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Lazos entre congresista Meeks y Maduro pudieran aliviar las tensiones entre Estados Unidos y Venezuela tras el arribo de Biden a la Casa Blanca


Luego de un fallido golpe de Estado contra Hugo Chávez, el congresista Gregory Meeks descansaba en el complejo de los Kennedy en Cape Cod junto a un joven legislador de Venezuela con un tupido bigote llamado Nicolás Maduro.

Las fotografías del encuentro de 2002 muestran a los dos hombres de pie, hombro con hombro, tras haber hallado vínculos en común gracias a su amor compartido por el béisbol y a las historias de sus inusuales infancias: la de Maduro en las calles de Caracas, donde radicales de izquierda como él fueron asesinados, y la de Meeks en un bloque de vivienda pública en Harlem, hijo de un boxeador y profesor.

Aquel intercambio de ideas sería poco más que una anécdota de no ser porque Maduro llegó a la presidencia de Venezuela en 2013 y Meeks ascendió en la despiadada política de Washington hasta convertirse este mes en el primer presidente de raza negra de la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes, reseñó Joshua Goodman en AP.

Ahora, dos décadas después, el representante demócrata dijo que está listo, si se lo piden, para confrontar a Maduro, a quien recuerda de aquella época como una persona que sabe escuchar y que está comprometida con la justicia social.

“No habrá preguntas fáciles ni recuerdos sobre los buenos tiempos”, afirmó Meeks en una entrevista con The Associated Press esta semana. “Tendríamos conversaciones realmente duras sobre lo que ha ocurrido y lo que debería ocurrir para revertir algunas de las cosas autoritarias que han sucedido desde que él asumió la presidencia”.

Dialogar con Maduro o no: Ésa es la incómoda pregunta que enfrenta el gobierno del presidente electo Joe Biden en su reevaluación de una política estadounidense que le ha agradado a los exiliados conservadores en Miami pero que ha hecho poco para debilitar el control de Maduro sobre el poder o para aliviar el sufrimiento del pueblo venezolano.

Los asesores de Biden afirmaron que éste tiene opciones limitadas para presionar a Maduro y que no hay planes para retirar las asfixiantes sanciones sobre el petróleo ni la acusación formal contra el mandatario sudamericano por narcotráfico.

Pero los analistas prevén que Biden disminuirá las críticas casi diarias a Maduro y las amenazas de una “opción militar” que caracterizaron la política exterior del presidente Donald Trump, donde Venezuela ocupó un espacio privilegiado. En su lugar, ha prometido hacer hincapié en un enfoque multilateral con el objetivo de que haya elecciones libres e imparciales lo antes posible.

Y ahora aparece en escena Meeks, quien acudió al funeral de Chávez en 2013 en nombre del gobierno del expresidente Barack Obama y cuya larga relación con Latinoamérica lo coloca en una posición ideal para abrirle espacio a la diplomacia. Aunque no habla español, su reputación de ser una persona franca y honesta le ha valido el respeto en una región dividida ideológicamente.

Entre aquellos con quienes ha establecido una improbable alianza está el expresidente de Colombia Álvaro Uribe, un conservador que trabajó para mejorar la situación de los afrocolombianos como parte de las conversaciones de libre comercio de hace una década que Meeks respaldó, desafiando a su partido. La relación con Uribe — idolatrado por la oposición venezolana y satanizado por la izquierda latinoamericana — podría serle útil en su intento por crear impulso para un contacto políticamente tenso con Maduro.

“Maduro no se fía ni de su propia sombra. Pero podría confiar en Gregory Meeks”, dijo el exrepresentante Bill Delahunt, quien viajó con Meeks al funeral de Chávez y luego dos veces más a Caracas en una misión no reportada previamente para mejorar las relaciones bilaterales. “Si alguien puede hacer avanzar las cosas, ése será Meeks. No tengo ninguna duda de que será un activo invaluable para el gobierno de Biden”.

Meeks dijo que no se está presentando como un mediador, pero que está dispuesto a hablar con el gobierno de Maduro si los aliados en América Latina, la Unión Europea y el gobierno de Biden ven valor en este enfoque.

Apuntó que su primer viaje en el cargo en el que sucede a Eliot Engel, también de Nueva York, será a Haití y a Colombia, incluyendo una visita a la frontera con Venezuela, donde miles de migrantes cruzan a diario en busca de comida y atención médica.

“Quiero que la gente sepa que Latinoamérica no será algo secundario”, explicó Meeks.

Una posición más polémica es que está dispuesto a involucrar a Cuba y Rusia, socios incondicionales de Maduro, en cualquier negociación que pueda surgir, siempre y cuando los aliados de Washington estén de acuerdo.

“Esa es una posibilidad”, dijo, y señaló que la designación que el gobierno de Trump hizo esta semana de Cuba como un Estado patrocinador del terrorismo dificultará cualquier acercamiento. “Así es como se resuelve cualquier problema importante. Obtienes el visto bueno de mucha gente distinta para que el pueblo de Venezuela tenga confianza en el proceso electoral”.

Un cable reciente del Departamento de Estado defendiendo el enfoque de mano dura del gobierno de Trump advierte que Rusia está trabajando en estrecha colaboración con funcionarios militares y financieros de Maduro para socavar la seguridad en el hemisferio. El mensaje, del cual un empleado del Congreso entregó una copia a la AP de forma anónima para poder compartir comunicaciones diplomáticas, alega que se requiere un apoyo más agresivo a los esfuerzos en favor de la democracia dentro de Venezuela para complementar las sanciones de Washington.

“Rusia ha utilizado su relación con el régimen para, de forma simbólica y bastante pública, desafiar a Estados Unidos”, de acuerdo con el cable del 9 de septiembre, que está etiquetado como “delicado pero no secreto”. Fue enviado al secretario de Estado, Mike Pompeo, por parte de James Story, embajador responsable de la Unidad de Asuntos de Venezuela en Colombia.

“Si se deja que se agrave, Venezuela resultará ser un problema muy preocupante para la política exterior estadounidense en la región y resultará muy costoso para los intereses nacionales de Estados Unidos”, concluye el cable.

Un vocero del equipo de transición de Biden declinó realizar comentarios.

La relación de casi 20 años de Meeks con Maduro comenzó cuando ambos fundaron lo que se conocía como el Grupo de Boston. Esa red informal de legisladores estadounidenses y venezolanos de todo el espectro político — demócratas, republicanos, socialistas y capitalistas — se reunió en Washington y en Cape Cod para reparar las relaciones bilaterales luego del breve golpe de Estado contra Chávez que Washington reconoció rápidamente.

El grupo se ha disuelto en gran parte, y Meeks es el único miembro estadounidense que sigue en el Congreso. Pero las relaciones construidas hace dos décadas han demostrado ser sólidas. Por ejemplo, un funcionario republicano que participó en el mismo intercambio legislativo de cuatro días en Cape Cod con Meeks y Maduro, lideró una gestión tras bambalinas que en 2018 consiguió la liberación de Joshua Holt, un hombre de Utah que estuvo detenido dos años en una cárcel de Caracas bajo cargos de armas ampliamente considerados como inventados.

Más recientemente, el exlegislador Pedro Díaz Blum, el coordinador del Grupo de Boston en Venezuela, ha unido a decenas de economistas partidarios de Maduro y de la oposición para que preparen un estudio conjunto en torno a cómo reactivar la devastada industria petrolera de la nación. También han examinado formas para enviar ayuda humanitaria al país sudamericano a través de agencias multilaterales.

Después de las elecciones presidenciales de Estados Unidos, Díaz Blum viajó a Washington y se reunió con Meeks. Antes del viaje, que dijo que organizó por su cuenta, también se reunió con Maduro, quien reitero su disposición para entablar un diálogo con Estados Unidos.

“Ustedes saben que yo pertenecí al Grupo de Boston como diputado y fui múltiples veces a Washington, a Boston... conozco muy bien los Estados Unidos”, dijo Maduro el martes durante un discurso ante el Congreso venezolano, el cual está controlado por el gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela luego de unas elecciones boicoteadas por la oposición por considerarlas parciales. “Yo respeto y quiero mucho a los Estados Unidos, a su cultura, a su pueblo”, añadió el mandatario venezolano.

Luego de varios intentos fallidos para sostener negociaciones mediados por el Vaticano y Noruega, para muchas personas de la oposición el diálogo se ha convertido en una especie de sinónimo de debilidad y contemporización. No por nada, el gobierno de Trump ha dicho que lo único que tiene que negociar con Maduro son los términos de su salida.

Meeks señaló que rechaza esa lógica. Recientemente, incluso un aliado cercano de Trump, Richard Grenell, exdirector interino de inteligencia nacional de Estados Unidos, se reunió en la Ciudad de México con Jorge Rodríguez, uno de los principales aliados de Maduro y quien ahora es presidente de la Asamblea Nacional, pro Maduro y sin reconocimiento por parte de Estados Unidos.

“La política de Trump estaba enfocada en influir en la política de Florida, no en lograr algo”, comentó Meeks.

Sin embargo, dijo, no se hace ilusiones con respecto a Maduro. Luego del funeral de Chávez, Meeks dijo que regresó calladamente en dos ocasiones a Caracas en una labor que en su momento no se dio a conocer con el fin de allanar el camino para un intercambio de embajadores, algo que no ha sucedido desde 2010. En uno de esos viajes exhortó a Maduro a liberar al líder opositor Leopoldo López, que en ese momento se encontraba tras las rejas por liderar protestas contra el gobierno.

La labor de reconciliación fracasó y Meeks dijo que se alejó de esa experiencia sintiéndose frustrado. Cualquier reunión futura requeriría condiciones preestablecidas, comentó.

“No puedes simplemente aceptar su palabra”, señaló Meeks sobre Maduro. “Me ha demostrado que o no estaba dispuesto a cumplir o algo en sus políticas le impedía hacerlo”.

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