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El rey Mohamed VI de Marruecos espiado por sus propios servicios secretos de seguridad, como lo fuese Juan Carlos I


Tampoco nos pongamos farrucos, ni miremos por encima del hombro al jefe de la dinastía real marroquí. Es cierto que el atrabiliario, anacrónico y sibilino Mohamed VI, al que tanta paz deseamos los españoles como descanso nos deja con sus prolongadas ausencias, ha quedado en flagrante ridículo internacional al conocerse que durante años ha sido espiado por sus propios servicios secretos de seguridad a través del todopoderoso programa israelí Pegasus, reseñó Carmen Remírez de Ganuza en Vanitatis, El Confidencial.

La cosa es para hacérselo mirar bien de cerca. Y no es difícil aventurar que en el viejo reino alauí pronto empezarán a rodar cabezas. Pero ya digo que en esto de las escuchas telefónicas pocos pueden presumir de blindajes y lealtades. Y mucho menos, el Rey de la muy europea y muy democrática España. Aquel lejano y tórrido julio de 1999 en que se celebraron las solemnes exequias de Hassan II, y el allí presente Juan Carlos I se ofreció a su joven sucesor en el trono como ‘hermano mayor’, hacía ya cuatro años que había estallado el escándalo del Cesid.

Las dimisiones en cascada del director de ‘la Casa’, el ministro de Defensa y el vicepresidente del Gobierno -Manglano, García Vargas y Serra- ni siquiera lograron compensar el grotesco ‘urbi et orbe’. De hecho, hubo que derribar todo el ‘edificio’, para crear ‘ex novo’, tres años después, el CNI.

Claro que aún tuvieron que pasar tres lustros para saber de qué hablaba el Rey en aquellas grabaciones. Y para entonces, el morbo y las presiones en torno a sus primeras amigas entrañables estaban amortizados.

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