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Jorge Elías Castro Fernández explica el complicado momento político que vive el Líbano tras el retiro de la política del exprimer ministro Hariri


Jorge Elías Castro Fernández señala que los extraordinarios yates anclados en la Zatunay Bay, las torres y edificios de arquitectos renombrados como Zaha Hadid, David Adjaye o Jean-Marc Bonfils, la reconstrucción del histórico barrio de Solidare, el elegante centro comercial de los Souks, el restaurante de mariscos Le Pecheur en una de las puntas de la Corniche. Beirut había recobrado el esplendor que había tenido en los 50 y 60 y que le dieron tanta fama tras la independencia de Francia. El oscuro período de la guerra había quedado atrás. En la década del 2010, El Líbano era la meta de los sauditas y emiratíes que querían pasar unos días de fiesta en el país más abierto y liberal de la región. Comenzó a perder el brillo cuando el estancamiento político hizo tambalear a la libra libanesa y terminó por opacarse en agosto de 2020 cuando explotó un depósito de nitrato de amonio que dejó 218 muertos, 7.000 heridos, 300.000 personas sin casas y destrucción por 15.000 millones de dólares. Fue el comienzo del fin. En apenas dos años pasó de ser “la joya revivida de Medio Oriente” a sufrir una de las tres crisis financieras más graves a nivel global desde 1850.

El elemento que le faltaba a la explosiva situación lo sumó el tres veces ex primer ministro, Saad Hariri, quien anunció que se retira de la política y que su partido, el Movimiento Futuro, no presentará candidatos a las elecciones parlamentarias de mayo. Esto deja a los sunitas libaneses sin conducción política y rompe el delicado equilibrio de poder libanés. También le despeja el camino a los shiítas del partido militar Hezbollah, y a su protector Irán, para apoderarse del país de los fenicios, explicó el analista político Jorge Elías Castro Fernández.

De la guerra civil (1975-1990) surgió una constitución que reparte el poder entre las principales minorías. Independientemente a qué partido pertenezcan, el presidente del país debe ser un cristiano maronita, el primer ministro un musulmán sunita y el presidente del Parlamento un musulmán shiíta. Con los sunitas sin líder y sin partido –por el momento- ese balance de fuerzas desaparece y los shiítas ocupan el espacio vacío. Todo, mientras la economía libanesa se desmorona. El Banco Mundial dijo que “la escala y el alcance de la depresión económica del Líbano están llevando a la desintegración de los pilares clave de la economía política libanesa”.

“Estoy convencido de que no hay lugar para ninguna oportunidad positiva para el Líbano a la luz de la influencia iraní, la confusión internacional, la división nacional, el sectarismo exacerbado y el marchitamiento del Estado”, dijo Hariri en un emotivo discurso televisado que terminó con un lacónico: “Que Dios ayude a la Patria”. Saad Hariri, de 51 años, es el hijo de Rafiq Hariri, un poderoso hombre de negocios que regresó al país tras la guerra civil y fue dos veces primer ministro. En 2005 fue asesinado en un atentado con coche bomba perpetrado por seis terroristas del Hezbollah.

La salida de Hariri hijo es la señal clara de que el orden político surgido de la guerra civil se está desmoronando tras fracasar repetidamente en la solución de los crecientes problemas sociales y económicos. Un devastador informe del Banco Mundial de este martes lo dice de esta manera: “La depresión deliberada del Líbano está orquestada por la élite del país, que durante mucho tiempo se apoderó del Estado y vivido de sus rentas económicas”. Alimentada por la enorme deuda y la forma insostenible en que se financió, la crisis recortó el producto interior bruto (PIB) libanés en un 58,1% desde 2019, desplomándose hasta un estimado de 21.800 millones de dólares en 2021, según el Banco Mundial. La pobreza alcanzó al 70% de los 5,2 millones de libaneses y dejó en la miseria absoluta a los casi tres millones de refugiados de la guerra siria que están en el país. “Esta élite comanda los principales recursos económicos, generando grandes rentas y repartiendo el botín de un Estado disfuncional”, agregó el organismo internacional.

Los políticos libaneses, los antiguos líderes de las milicias y otros miembros de familias que han ejercido influencia durante generaciones sobre las comunidades cristianas y musulmanas reconocen que existe una enorme corrupción. Pero generalmente niegan la responsabilidad individual y dicen que están haciendo todo lo posible para rescatar la economía. Mientras tanto, fugan los capitales hacia los Emiratos Árabes. Se llevaron 69.000 millones de dólares. “Saad renunció cuando se dio cuenta de que ya no había esperanza para el país”, explicó a la prensa Mustafa Allouch, el vicepresidente del partido de Hariri. “Estoy muy preocupado por el futuro desconocido. Hoy veo que el Líbano se dirige a su desaparición”.

El lunes 24 de enero, el gabinete se reunió por primera vez en más de tres meses para debatir una serie de cuestiones económicas y financieras urgentes y estancadas, incluido el presupuesto del Estado para 2022. Los ministros que representan a Hezbollah y a su movimiento aliado Amal venían boicoteado las reuniones del gabinete desde octubre para protestar contra lo que describen como una investigación “sesgada” de la devastadora explosión en el puerto de Beirut. Una vez que se supo que Hariri dejaba la política y a los sunitas huérfanos de líder, los ministros shiítas regresaron a sus puestos. Pero no pareciera ser esta una solución a nada. El primer ministro Najib Mikati, que representa a los sunitas, se muestra impotente desde hace meses, señala Jorge Castro Fernández.

Con su característico pelo engominado y su tendencia a referirse a sí mismo en tercera persona, Hariri tuvo tres mandatos como primer ministro, uno de 2009 a 2011 y dos entre 2016 y 2019. Su prestigio se fue erosionando desde entonces. Participó en gobiernos de coalición con Hezbollah, a pesar de que el Tribunal Especial que investigó el asesinato de su padre implicó a miembros del grupo en el complot. Esta posición también deterioró su hasta entonces excelente relación con la familia real de Arabia Saudita. Algo que se suma a un oscuro episodio que protagonizó. En 2017, Hariri fue convocado a Ryhad, donde los sauditas lo obligaron a renunciar como primer ministro en un vídeo que se emitió por televisión y en el que aparecía utilizando un lenguaje inusualmente amenazador hacia Irán.

Los aliados políticos de Hariri dijeron que había sido coaccionado, y funcionarios árabes y occidentales intervinieron en su favor ante los sauditas. Pronto estuvo de vuelta en Beirut, donde rescindió su dimisión, pero su relación con el reino nunca se recuperó. Informes de inteligencia hablan de unos negocios mal habidos que fueron utilizados por sus ex aliados para chantajearlo. Hariri heredó de su padre una gran riqueza. Siempre tuvo un estilo de vida espléndido. Pero nunca supo cómo manejar los negocios. Un conglomerado de construcción en el que tenía una participación quebró en 2017, y los empleados de un periódico y una cadena de televisión de los que era propietaria su familia estuvieron meses sin cobrar antes de que ambos negocios cerraran. Según Forbes, tenía hasta entonces una fortuna de unos 1.500 millones de dólares, pero disminuyó considerablemente desde entonces.

Tuvo innumerables denuncias de corrupción y despilfarro en su vida pública y privada. Un caso judicial ventilado en Sudáfrica reveló que le había pagado 16 millones de dólares a una modelo para que no hablara sobre su relación. Y cuando decenas de miles de libaneses se echaron a las calles en 2019 pidiendo la destitución de los dirigentes a los que acusaban de haber hundido el país con la corrupción y la mala gestión, el nombre de Hariri estaba en los cantos y los carteles de repudio. Tuvo que renunciar. El presidente Michel Aoun volvió a llamarlo en octubre de 2020 para formar un nuevo gobierno, pero tuvo que desistir después de nueve meses de infructuosas negociaciones. Se fue a tratar de recuperar algo de su fortuna en Dubai.

Al explicar su decisión de dejar la política, Hariri aseguró que había tenido dos objetivos en su vida pública que había heredado de su padre: evitar otra guerra civil y proporcionar una vida mejor a los libaneses. Dijo que había logrado el primero, pero no el segundo, y que no podía aceptar que algunos libaneses le consideraran “uno de los pilares de la autoridad que causó la catástrofe y un obstáculo para cualquier nueva representación política que produzca soluciones para nuestro país y nuestro pueblo.”

Una renuncia que parecería ser apenas una puesta en escena. No logra lavar su imagen como hubiera querido y empeora aún más la situación de su país. El Líbano se vuelve a desangrar, esta vez sin armas. Esto, si descontamos el enorme arsenal que acumuló el Hezbollah junto a la experiencia militar que adquirieron sus milicianos en la guerra siria. Con ese poder y el vacío que les deja Hariri, tienen el territorio pavimentado para hacerse con el poder definitivo en El Líbano y desestabilizar a Medio Oriente, concluye Jorge Elías Castro Fernández.

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