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Los orígenes de la MS13 como mafia en Honduras


En este lugar no hay fronteras y, sin embargo, acá se termina Honduras. Acá finaliza esa ficción llamada patria, esa mentira tan malamente bordada.

Desde hace décadas a este lugar llegan los desechos de la ciudad industrial de la costa hondureña. Llega el plástico, las latas, la comida que se echó a perder. También llegan los desechos humanos, huérfanos, enfermos, viudas, dementes, los que deben esconderse y creen que hasta acá no los alcanzará la muerte o su pasado. Los que sobran.

A este basurero a cielo abierto, en el municipio de El Ocotillo, en San Pedro Sula, llegan diariamente decenas de camiones cargados con aquello que la ciudad desechó. Los camiones avanzan entre las dunas de desperdicios y se alivian de su carga fétida sobre algún espacio vacío. Ahí, aquellos a los que la ciudad no necesita, se lanzan a remover con sus manos la podredumbre, en busca de plástico, latas, ropa o comida. No es fácil, deben competir; el niño con el demente, la viuda con el que huye y todos contra los buitres y los perros en una batalla entre especies, reseña Juan José Martínez D'aubuisson en una investigación para InSight Crime.

* Este es el primer artículo de una investigación de tres partes, “MS13 y Co.”, que examina cómo la MS13 evolucionó desde sus modestos comienzos hasta convertirse en una potencia empresarial con inversiones en numerosos negocios, tanto legales como ilegales, en todo el Triángulo Norte. Este capítulo analiza cómo la MS13 se ha apoderado de varios aspectos del sector del reciclaje de basuras en Honduras, y explora las conexiones entre la pandilla y los peldaños más altos de la política y el empresariado hondureños.

Es medio día y el calor es abrumador. La peste flota, se impregna, el olor es tan denso que casi puede verse y termina por apoderarse de todo. Un camión despunta por entre las dunas de basura. La gente y los animales se preparan. El camión retrocede haciendo un pitido de advertencia que acá suena ridículo, y vacía su carga olorosa por la parte de atrás.

Dos niños se lanzan a revolver la basura. Un buitre mete su pico y ellos le dan con un palo, el animal se aleja un metro y los mira con sus ojos vengativos. Un hombre viejo encontró una bolsa con decenas de bultitos ovalados y amarillentos que parecen pechugas de pollo. Las moscas los cubren a todos como una fina capa de pelusa. Los perros meten sus hocicos y aunque reciben los garrotazos de la gente y los picos de los buitres, siempre se salen con la suya y roban alguna podredumbre digerible.

El hombre con la bolsa de pechugas se aleja corriendo. Va sonriente. Me dice que son para alimentar a su cerdo y se va, seguido por un enjambre insaciable de moscas y por su hijo de nueve años.

Tres niños han encontrado varias botellas de plástico con pequeños charcos de coca cola y se las beben sin misericordia. Otro ha encontrado una tira larga de caramelos vencidos hace seis meses y las comparte con sus colegas.

De entre las dunas aparece la Mara Salvatrucha 13 (MS13). Son dos hombres jóvenes y bien vestidos. La camisa blanca de uno de ellos contrasta con la suciedad carbonífera que se ha instalado en la gente del basurero. El otro viste de rojo encendido. Ambos llevan Nike Cortez, el zapato del pandillero por antonomasia. Según me dicen los jóvenes pandilleros, ninguno de los dos soñó con terminar administrando el basurero cuando ingresaron a la pandilla más grande de Honduras siendo niños, pero los sueños son irrelevantes en este lugar.

La MS13 domina aquí y en cientos de barrios, colonias y localidades de Honduras. Es una especie de segundo gobierno en este país, y muchos hondureños deben prestar atención a dos estamentos: el del Estado y el de la MS13. Ambos imponen una forma de vivir, un cuerpo de reglamentos e incluso impuestos económicos.

Los líderes de esta enorme estructura son proscritos y perseguidos por el gobierno hondureño y por el de Estados Unidos. Alias “Porky” se ha ubicado como el máximo cabecilla de la MS13 de Honduras y como uno de los más buscados, por lo que el FBI ofrece US$100.000 por información que lleve a su captura después de su huida épica de un juzgado en el norte del país. Porky ha consolidado su poder con una sagaz combinación de crueldad y espíritu emprendedor.

La MS13, bajo el gobierno de Porky, se ha vuelto una estructura criminal y social tan versátil que mientras pelea a muerte contra adolescentes de pandillas pequeñísimas, organiza acuerdos y negocios con traficantes de droga y con altos funcionarios del gobierno hondureño. Sus enemigos: niños con armas herrumbrosas por un lado y agentes del gobierno de Estados Unidos por el otro. Si fueran animales serían los depredadores de las bacterias y de los elefantes.

Los dos pandilleros que controlan el basurero llevan aretes y cadenas muy brillantes, y sus teléfonos inteligentes en las manos. Se presentan muy amables, me reiteran lo que dijeron el día anterior por teléfono: puedo moverme y hablar con quien quiera. La persona que me concedió la entrada a este lugar fue un alto mando de la MS13 a nivel nacional y no el Estado o la empresa Sulambiente, la concesionaria de este lugar.

Esto es territorio de la mara.

Un líder llamado Porky

Cárcel de máxima seguridad El Pozo, Santa Bárbara - Julio de 2019

De un enorme pabellón color gris rata, sale uno de los hombres más poderosos de Honduras. Se llama Alexander Mendoza, o tal vez se llame Yulan Adonay Archaga Carías, no se sabe con certeza porque la burocracia y la corrupción gubernamental puede ser tan profunda en Honduras que no se tiene certeza de los nombres de las personajes de esta historia. De lo que sí hay certeza es del nombre con el que lo bautizó la MS13: Porky.

No es un día muy común en la vida de un investigador de pandillas. Esa misma mañana entrevisté a Nahúm Medina, alias “Tacoma”, el líder nacional de la pandilla Barrio 18. Tacoma es un hombre obeso y grande, su rostro está cubierto de tatuajes y ataviado con al menos cinco cadenas gruesas de oro, anillos y aretes brillantes. Como los pandilleros de la MS13 en el basurero, calzaba Nike Cortez. Salió de su pabellón rodeado por una media docena de pandilleros, que apenas hicieron un esfuerzo tímido por camuflar las pistolas bajo sus camisas.

Siendo la MS13 la organización con más territorio y miembros de Honduras, me preparé para un despliegue mucho más ostentoso de parte de Porky. Pero no. Del pabellón color rata sale un hombre menudo, podría decirse que pequeño, vestido con una camisa blanca sin mangas, unos tenis gastados y shorts. Porky es delgado, moreno, de ojos ligeramente almendrados y de andar y hablar sereno.

Porky lleva a San Pedro Sula en la voz. Tiene ese acento inconfundible, metiendo jotas donde van eses y diciendo con sonidos lo que podrían decir las palabras. Viene acompañado de otros dos pandilleros mejor ataviados que él. A diferencia de Tacoma, quien apenas tocó mi mano cuando se la ofrecí mientras miraba hacia otro lado, Porky coge mi mano con las dos suyas y viéndome a los ojos dice: “Mucho gusto, ¿en qué le puedo servir?”.

Si estos líderes pandilleros fueran gobernantes mundiales, basándonos en sus formas y personalidad, Tacoma sería Donald Trump y Porky Ho Chi Minh.

Acá no hay rejas ni candados. Los reos viven en rombos hechos de concreto con grandes ventanas de vidrio antibalas. Los custodios pueden ver lo que hacen las 24 horas del día. En unos de estos rombos hablo con Porky. Se sienta en la misma silla, aún sudada, donde se sentó Tacoma. Ese contacto, piel con sudor, será quizá el contacto más fraterno que ambos hombres puedan tener.

La historia de vida de Porky ilustra la historia de la MS13 en Honduras.

La pandilla empezó siendo un grupo de muchachos “huelepega” en busca de respeto.

Porky cumple a cabalidad la secuencia clásica de las maras centroamericanas: iniciados en Los Ángeles, encarcelados en California, deportados a sus lugares de nacimiento con una nueva propuesta, pobreza comiéndose todo y un país enfocado en otras cosas, niños abandonados por sus familias, deportados encontrando niños sin familia para hacer nueva familia.

Porky era uno de esos niños sin familia. Huyó de su casa cuando tenía alrededor de diez años. Es decir, huyó en cuanto pudo, en cuanto el cuerpo se lo permitió. Pasó varios meses de principios de los años noventa vagando por las calles y durmiendo en los callejones de San Pedro Sula. Se juntaba con otros niños y juntos hacían manada. Robaban carteras y relojes en las calles del centro y las vendían en Barrio el Dandy o las cambiaban por pegamento de zapato o solvente de pintura, las drogas más fuertes que en esos años esos niños podían adquirir.

Porky, y la manada de niños huelepega, no tenían un objetivo que fuera más allá que conseguir la droga de mañana. Callejeaban sin rumbo, como nómadas chiquitos, por las vías de la gran ciudad industrial de Honduras.

Una noche llovió y Alexander Mendoza se refugió en un edificio abandonado, cerca del barrio Barandillas y del centro de la ciudad. Ahí llegaron más tarde otros nómadas. Un grupo de hombres jóvenes que tampoco tenían donde quedarse. Llegaron con su marihuana, sus Nike Cortez, su idioma raro y nunca más se fueron de la vida de Porky.

Eran miembros de la MS13. Entre ellos estaba el “Indio”, de la clica angelina de Leeward Locos Salvatrucha. Un moreno joven, fuerte y con alma de fundador. Si hubiese que establecer en qué momento ese niño dejó de ser Alexander Mendoza y se volvió el Porky, sería ese, cuando conoció a Indio de Leeward, en aquel edificio abandonado mientras caía esa tormenta.

El ‘Capitán’ del basurero

Basurero municipal de San Pedro Sula - Septiembre de 2021

El basurero de San Pedro Sula es el eslabón más bajo de la cadena económica de la ciudad. Debajo solo la indigencia inválida de los alcohólicos y drogadictos. Sin embargo, acá también hay castas. Es septiembre de 2021 y “Capitán”, el recolector más antiguo del basurero, hace un gesto enérgico con sus manos artríticas y los demás recolectores se apartan. El camión que viene entrando es solo de él. No trae nada diferente. Es la misma masa deforme de materia podrida y plásticos indescifrables, la diferencia es que estos son solo suyos.

Dos niños trabajan para él y con palos apartan frenéticamente todo el plástico que pueden y lo meten en unas enormes bolsas de nylon que llaman “sacas”. Es una operación rápida. No tienen mucho tiempo. Un tractor con pala frontal se lleva la basura nueva pasados diez minutos y la tira por una ladera de basura vieja que a su vez cae en un llano de basura podrida. Basura sobre basura.

Capitán es el responsable frente a la MS13 de mantener el orden entre los trabajadores. Es un capataz en este campo de basura. Todas las personas que recogen desperdicios acá son, de alguna forma, trabajadores de la MS13. Todo el plástico, el cobre y el nylon que ellos recogen es vendido por kilo al final del día a la MS13 a un precio menor que el del mercado oficial de reciclaje.

La MS13 almacena estos materiales, los clasifica y posteriormente se lo venden, a través de un testaferro, a las grandes empresas trasnacionales de reciclaje, según entrevistas realizadas a trabajadores en el basurero y líderes comunitarios en El Ocotillo. Hay varias operando en esta parte de Honduras, pero la mayor parte de estos residuos son vendidos a Invema, una empresa trasnacional de reciclaje que opera en Centroamérica y el Caribe.

La MS13 no admite competidores en el basurero. La gente que busca desechos ahí deben vendérselos a ellos, según Capitán. Si alguien intenta llevarse basura de contrabando, y buscar un mejor precio afuera, será duramente castigado por los pandilleros y quien se lo compre también. La mano invisible, de la que habló Adam Smith, según la cual el mercado se regulaba solo, parece haber sido amputada en este lugar.

La educación de Porky

Cárcel de máxima seguridad El Pozo, Santa Bárbara - Julio de 2019

Porky me cuenta que desde esa noche lluviosa no se separó jamás de la MS13 ni del Indio, el líder de ese grupo de pandilleros deportados. Indio era un sampedrano que se fue muy joven a Los Ángeles. Ahí, al igual que muchos hondureños y guatemaltecos, se unió a la pandilla de salvadoreños. A fin de cuentas, todos los centroamericanos eran vistos casi como la misma cosa por los diferentes etnogrupos de la ciudad y los hondureños se identificaban más con los salvadoreños que con los mexicanos y, por supuesto, que con los anglos, afroamericanos y asiáticos.

Indio era bueno con las armas. No me consta si disparándolas, pero sí reparándolas. En 1993 consiguió trabajo en la Armería López, una reconocida armería de San Pedro Sula. Aun existe, está sobre la primera calle, en el centro de la ciudad y conserva su vieja publicidad noventera pintada sobre el muro.

“Que no le suceda esto”, dice un rótulo. Bajo de este un dibujo de un hombre mayor, sosteniendo un revolver que hace, “clic, clic”. El hombre está cayendo tras recibir un disparo de otro hombre, este joven, gallardo y sonriente, cuyo revolver sí funciona, porque lo compró en ¡Armería López!

En esta armería de publicidad tan explícita encontró Indio de Leeward una forma de ganarse la vida. Por esos años en San Pedro Sula, y me atrevo a afirmar que en todo el norte centroamericano, ser pandillero no implicaba en absoluto tener dinero. Los complejos sistemas de extorsión no existían. Empezarían diez años después. Y el narcomenudeo, el sicariato, el secuestro y el robo estaban ya ocupados por los grupos criminales criollos. Los pandilleros eran algo así como los monjes cartujos del universo criminal: se les respetaba, pero muy pocos querían esa vida.

Indio enseñó a Porky los secretos de las armas en la Armería López. Le enseñó a limpiarlas, a repararlas, a fabricarles piezas faltantes, incluso le enseñó cómo fabricarlas desde cero usando tubos de acero y munición de escopeta, según Porky.

Mientras reparaban correderas y limpiaban el óxido de los cañones, le habló de la historia de la MS13. De cómo en un inicio fueron un grupo de rockeros salvadoreños alucinados por el heavy metal. Le contó sobre los primeros enemigos de la pandilla, en Los Ángeles, aquella tierra soñada de infinita riqueza donde vivían también los señores blancos de Honduras, los dueños de las grandes bananeras. Le habló de una fiesta en donde miembros del Barrio 18 y de la MS13 pelearon, y de cómo después de esa fiesta se buscaron, y se buscan aún, por toda la región para matarse, en una especie de juego serio en donde la vida es el honor, y el honor bien vale la vida.

En 1993, según Porky, corrió sangre Salvatrucha por primera vez en suelo Hondureño. El Barrio 18 hizo el primer movimiento cuando asesinaron a alias "Sored" de la clica de Leeward en la Colonia San José. Después de eso, la MS13 asesinó a alias "Pirata" del Barrio 18. Estos últimos respondieron con otro asesinato y los primeros respondieron de la misma forma y así, en ese círculo de muerte, continúan hasta hoy. Lo que empezó con Sored y Pirata dio frutos. Frutos amargos, nocivos, frutos de sangre, pero frutos al final.

La MS13 se propagó por San Pedro Sula y las ciudades aledañas. Los deportados cayeron como lluvia e hicieron florecer en la pandilla a toda una generación de niños y adolescentes pobres. Para 1994 ya la tercera calle del centro de la ciudad se consideraba un núcleo importante de la pandilla. Ahí llegaban desde todas las colonias de la ciudad donde los deportados sembraron semillas.

Ahí estaba el Liceo Morazánico, de donde salieron cuadros importantes como alias "Food" de Leeward, "Codi" de Leeward, "Peluche" de Leeward o "Chispa" de Leeward. Ellos jamás habían caminado sobre ningún lugar de Los Ángeles, ni mucho menos sobre Leeward, la calle angelina que sirvió como inspiración para el nombre de la clica. Pero sí su padrino, el Indio. Así que los bautizó como si fueran de esa misma ciudad estadounidense. Para las pandillas de origen californiano la clica es el apellido.

Alrededor del Liceo Morazánico, en la tercera avenida del barrio concepción de San Pedro Sula, hicieron su lugar. En buena medida por razones más relacionadas a la vida adolescente que a una aspiración criminal: las muchachas.

“Ahí llegábamos a muñequiar. Ver las muñecas pues. Ahí nos juntábamos la grulla [el grupo] a ver si conseguíamos algo”, dice Porky.

Una de esas jóvenes recuerda muy claro aquellos años. Para ella la salida de clases era como ir a una fiesta. Afuera estaban los de la MS13 y este hecho, que espantaría a padres de familia y convocaría a militares y policías ahora, en 1994 era visto como algo molesto, poco deseable, pero normal. Muchachos rebeldes visitando a mujeres jóvenes del liceo.

Frente al liceo un pandillero conocido como el “Noise”, de la clica de Normadie, encendía, a las 12:30 del medio día, hora de salida del liceo, una radio de baterías y bailaba el breakdance que había aprendido en California. Era una especie de espectáculo cotidiano que ofrecía el joven pandillero. Alrededor de él se iban pegando decenas de muchachos y muchachas hasta formar un círculo. La cosa se ponía mejor cuando el Noise se atrevía a soltar algunas líricas improvisadas de rap.

A un costado del círculo de Noise, en una tienda pequeña de nombre Salsita Picante, otros pandilleros de la MS13 tomaban refrescos, y a unos metros otros hacían competencia de videojuegos en un modesto negocio llamado Maquinitas Milenium. Lugares anodinos, historias chiquitas. Así empezó la historia de la pandilla más poderosa de Honduras.

El ‘embajador del reciclaje’

Río de Piedra, Zona exclusiva de San Pedro Sula - Julio de 2018 

En un restaurante muy elegante ceno con George Gatlin, el director general de Invema, la empresa que según varias fuentes compra toneladas de material reciclado a los intermediarios de la MS13. Él ha sido presentado como “un embajador del reciclaje” por el sitio web Tecnología del Plástico. Gatlin ha dicho en varias ocasiones, a diversos medios y en diferentes plataformas sobre reciclaje, que uno de los objetivos de la empresa ha sido aportar en la mejora de la calidad de vida de los recicladores, quienes vendiendo a Invema, encuentran una forma digna de ganarse la vida.

Mientras comemos langostas en un restaurante de una de las zonas más caras de San Pedro Sula, Río de Piedra, Gatlin me explica que es muy difícil saber quién está detrás de cada venta. Días antes de esta cena hablé con otros trabajadores de la empresa Invema, trabajadores cuyas atribuciones se relacionan con las compras diarias de la empresa, quienes su identidad no es revelada por motivos de seguridad. Ellos están plenamente conscientes de que uno de sus proveedores es la MS13, pero prefieren ver hacia otro lado.

Al momento de publicación, las solicitudes de un comentario actualizado por parte de Invema y George Gatlin no habían sido atendidas.

Es posible que Gatlin también lo sepa, y en caso de que no, se lo cuento yo, durante la cena. Pero no parece importarle. Me dice que su empresa compra diariamente varias decenas de miles de dólares a proveedores de toda la región norte del país, incluyendo los desechos de las maquiladoras, y que es casi imposible saber bajo qué sistema de trabajo fue recogido el material, o si detrás de cada tonelada de basura está la mafia. En todo caso, averiguar esto no es un tema prioritario para la empresa.

La cena es copiosa, abundante, ofensivamente abundante. Las langostas llegan en bandejas enormes servidas por dos hombres negros vestidos muy elegantes. En esa cena estamos cuatro comensales, pero tendríamos que haber sido al menos diez para dar cuenta de aquel banquete. Los dos meseros recogen las bandejas de langosta, algunas apenas tocadas, y las vacían en bolsas plásticas que luego sellan frente a nosotros y tiran a la basura.

En la mañana siguiente un camión recogerá aquella bolsa y la llevará al basurero. La gente de ahí ha aprendido a distinguir los camiones que llegan de esta zona, Río de Piedra, zona de restaurantes buenos, saben que siempre llevan comida apenas podrida. Los perros y los buitres también lo saben. Por la mañana un tumulto híbrido de personas y animales competirán por nuestros desperdicios. Quien gane desayunará langosta.

Las guerras de la MS13

Cárcel de máxima seguridad El Pozo, Santa Bárbara - Julio de 2019

Porky cuenta que en el primer lustro de la década de los noventas, con la llegada de los deportados y la instauración de ese conflicto cíclico con el Barrio 18 y otras pandillas, los muertos se volvieron más frecuentes; y en el mundo de las pandillas un muerto llama a otro muerto.

Poco a poco Indio y Porky de Leeward dejaron de llegar a los videojuegos. Los de la MS13 ya no visitaron más a las muchachas del Morazánico. Estando allí se convertían en presas muy fáciles para sus enemigos. La guerra, esa guerra inventada por ellos mismos, les obligó a crecer rápido. La adolescencia termina cuando se empieza a enterrar a los muertos.

Indio fue asesinado en 1997. No fue en una batalla. Fue mientras trabajaba. Le habían pagado unas lempiras por reparar la rosca de un bombillo eléctrico. Estaba sobre una escalera cuando llegaron pandilleros del Barrio 18, y con ellos los tiros y la muerte. Después de enterrar a este muerto, el primero que Porky consideraba suyo, decidió entrar formalmente a la pandilla. Quería vengarlo, pero en el mundo de las pandillas matar a un enemigo es como anotar un gol, y los goles solo se pueden anotar si perteneces a un equipo.

La MS13 se mantuvo como un conjunto de células sin mucho liderazgo centralizado. Peleaban a muerte contra el Barrio 18 y otras pandillas en barrios pobres, sobre todo de la zona norte de Honduras. Extinguieron o absorbieron a decenas de pandillas más modestas y lograron organizar una especie de red de pandilleros con un jerarquía más bien horizontal, donde había muchos líderes con igual poder.

“Donde la pandilla empezó a fortalecerse más fue para la quema del penal. De ahí en adelante fuimos más sólidos porque lo necesitábamos”, dice Porky.

Se refiere al incendio ocurrido en el antiguo penal de San Pedro Sula la noche del 17 de mayo del 2004. Esa noche murieron 107 hombres calcinados al interior de una celda colectiva. Todos eran miembros de la MS13.

Para conseguir un entendimiento más profundo sobre ese evento, hablo con alias "Liebre", uno de los sobrevivientes, quien también está internado en El Pozo. Liebre asegura que no se quemaron, dice que los quemaron. Es diferente.

Fueron años duros para ser pandillero en Honduras. Las pandillas se habían vuelto el enemigo número uno en el discurso gubernamental. El presidente Ricardo Maduro, quien había perdido un hijo a manos de secuestradores años atrás, usó como pilar de su campaña electoral, y luego como pilar de su gobierno, la lucha contra las maras. “Honduras seguro” fue su lema y en su mandato se aprobó un cuerpo legal conocido como “ley antimaras”, que contemplaba penas de hasta 30 años por el hecho de pertenecer a una pandilla.

En realidad, el lema de esos años parecía ser más bien “todos contra las maras”. A un año del mandato de Maduro, en abril de 2003, en la cárcel llamada Granja Penal de El Porvenir, hubo un motín, luego un incendio, y luego muchas balas de los custodios. Terminaron con la vida de 69 reos y 61 eran miembros del Barrio 18. En ese mismo año, en la calle, se fortalecieron los grupos de escuadrones de la muerte, muchos de ellos con el aval estatal y conformados con miembros y exmiembros de la policía y el ejército. Estos grupos asesinaban y desaparecían a diario a decenas de pandilleros y colaboradores de las pandillas.

Un año después fue el incendio y la masacre a la que se refiere Porky, en la cárcel de San Pedro Sula. Liebre afirma que ese 17 de mayo de 2004 las pilas de agua estaban secas, que alguien había cortado el agua justo en el sector de la MS13. Además, por la tarde de ese mismo día, los reos comunes, enemigos naturales de los pandilleros, habían arrojado una granada, una que afortunadamente no explotó, y, tanto Liebre como otros testigos, hablan de un profundo olor a gasolina que perduró hasta pasadas varias semanas después del incendio.

Liebre perdió parte de las orejas, casi todo el pelo de su cabeza, y su piel quedó deformada por el fuego. Pero se salvó la vida.

No se ha logrado probar las acusaciones de que el incendio fue iniciado a propósito. Oficialmente, fue ocasionado por un cortocircuito.

Organizaciones de derechos humanos y parientes de las víctimas luego demandaron al Estado hondureño frente a la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en Costa Rica. En 2012, se llegó a un acuerdo entre las partes y el Estado hondureño indemnizó a las familias y reconoció "la responsabilidad por el fallecimiento de las 107 personas que se encontraban recluidas en el Centro Penal de la ciudad de San Pedro Sula, departamento de Cortés, Honduras, como consecuencia del incendio que se produjo por las condiciones de dicho centro penal, que provocaron la transgresión de los derechos humanos”, según la sentencia de la CIDH.

Fue después de este incendio, según Porky, que la MS13 tuvo que organizarse mejor o correr el riesgo de ser destruida. Esto marcó el comienzo de un periodo de rápido crecimiento y expansión. Comenzaron con las extorsiones masivas a los negocios de transporte y distribución de víveres y bebidas; con los convenios con pequeños distribuidores de la droga y carteles internacionales para ser parte de sus cadenas de distribución. Y también con los acuerdos para vender el reciclaje que salía del basurero en San Pedro Sula.

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