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Manuel Malaver: Putin, un dictador tras la restauración del imperio de Zares


Por Manuel Malaver | Opinión

Al hurgar en la carrera política de Wladimir Putin nos encontramos que durante los primeros años de su carrera no pasó de ser un funcionario medio del KGB y el resto un agente activo que trabajó ardorosamente en la caída del comunismo hasta llegar a ser uno de los hombres de confianza del hoy casi olvidado presidente, Boris Yelsin.

Fueron tiempos de caos, anarquía, disolvencia y desestabilización cercanas a un Apocalipsis, como quizá solo se habían vivido en Alemania después de la derrota del Nazismo, pero que, sorpresivamente, no tomaron la vía de las matanzas, de los pogroms, de los ajustes de cuentas y persecuciones típicos de tales terremotos, sino más bien el forcejeo entre facciones políticas civilizadas que convinieron en desmontar el Imperio Soviético y la URSS y sustituirlos por la experiencia política y económica que hacía furor en los 90: la democracia constitucional y de economía capitalista y de mercado abierto.

Hubo, por supuesto, una Primavera, y una activísima ola de acuerdos entre los satélites que se desencajaban de la órbita soviética y los países líderes de la “Guerra Fría” del lado democrático que los patrocinaban, como podían ser Estados Unidos, Alemania, Francia y Gran Bretaña, cuyos estados de ánimos era de euforia, ya que la unidad había destruido en paz “un muro” que, por lo menos una vez, (durante la crisis de los cohetes en Cuba en 1962) tuvo al planeta al borde de la extinción total.

Del otro lado, del lado exsoviético, también se respiraba euforia y todas las apuestas se hacían a que la vasta tierra rusa liberada del comunismo y del totalitarismo, emprendería la vía de la democracia constitucional y el capitalismo del mercado para que otra vez se situara en el exclusivo y privilegiado club de las “potencias mundiales”.

Pero si hasta un filósofo de la historia norteamericano, de origen japonés, Francis Fukuyama, escribió un ensayo con un título que haría época, “El fin de la historia”, prediciendo que el fin del “Imperio Soviético” era el triunfo definitivo y total del capitalismo democrático y de mercado y no había sino que esperar la tierra prometida en la Biblia donde solo se derramaba “leche y miel”.

Lo cual resultó, no en una profecía, sino en otra utopía, porque al poco tiempo de instalarse la “democracia capitalista” en la exUnión Soviética, empezó un orden de conflictos que, no se referían a las oposiciones políticas restauradoras que pudieran apelar a recursos armados para boicotear el “nuevo orden”, sino a la incapacidad de la burocracia para acoger y adaptarse a la cultura capitalista para hacerla “impracticable”, llevarla hasta la gente con lo peor de sus efectos y resultados y entonces abrirle paso a una corrupción que no se conocía desde los días más empobrecedores y envilecidos de los Zares.

Rusia, entonces, y el pueblo ruso en consecuencia, en manos de un presidente dipsómano como Boris Yelsin y una cleptocracia que era la misma que había cometido las atrocidades del comunismo, no podía sentir ninguna ganancia con los cambios y poco a poco se fue filtrando la idea de que “con los comunistas se vivía mejor”.

Particular mención tendría que hacer a la aparición de “las ultracorruptas mafias rusas” y que se originaron en la riqueza que cayó en manos de particulares y hombre públicos involucrados en el proceso de la privatización de las empresas del estado que, formalmente eran vendidas a precios irrisorios pero en la práctica por sus costos reales que iban a parar a manos de funcionarios como fueron los casos de Lukoil y Gazprom.

Tendría que hacer referencia también a como las conquistas que se le lograron con el nuevo régimen, como pudieron ser la libertad de expresión y las elecciones generales libres, independientes y auditables para nombrar la nueva maquinaria gubernamental fueron corrompiéndose, hasta convertir el proceso que llevó a una antigua autocracia que había durado 500 años, pasando otros 70 en manos de otra autocracia de comunistas utópicos, en una farsa, en una democracia y un capitalismo de pandilleros que, lógicamente, perdieron el apoyo con que empezaron a construirse en las mayorías populares.

Pero en el horizonte esperaba un hombre, un caudillo autoritario, un exfuncionario medio de la KGB que se había plegado, primero, a las huestes de Gorbachov y después de Yelsin para derrocar el comunismo y había participado en todos los avatares para sustituir la URSS en una nueva Rusia, hasta que Yelsin lo propuso para sucederlo en el poder en 1998, que había mirado y observado y evidentemente que ascendió al poder con la idea de regresar a otra Rusia, que no era la postcomunista, ni la comunista.

Wladimir Putin, un ruso más bien callado, tranquilo, apaciguador que no hizo nada por mejorar la situación económica y social que siguió deteriorándose, apareciendo a veces en conflictos regionales como el sirio y buscando clientes para sus industrias de guerras que empezaron a recomponerse, lo cual explica su cercanía con los gobiernos de izquierda de América Latina, y con gobiernos y movimientos fundamentalistas como los islámicos.

Pero Putin no es socialista, ni capitalista, ni populista, sino más bien partidario de un modelo nacionalista que patrocine una economía patrimonial, donde el estado se reserve la última palabra sobre la propiedad privada pero sin perjudicar ni intervenir a los particulares.

Una economía patrimonial, diría Richard Pipes, quien en un texto magistral, “Propiedad y Libertad”, usa el término para explicar por qué la “libertad” nació en Inglaterra y por qué nunca ancló en términos occidentales en Rusia.

Y cayendo en esta posible nostalgia de Putin por los viejos Zares habría que explicarse por qué su primera aparición en la escena internacional es por un problema territorial con un país exsoviético, Ucrania, último espacio o estación con los países de Occidente que Stalin se había anexado después de la “Segunda Guerra Mundial” y se había perdido en los 90 con la caída del “Imperio Soviético”.

Ucrania, el país donde nació Rusia, pues vio pasar aquellos escandinavos, los Rus, que fundarían la gran potencia de Asia central, pero también a las tropas napoleónicas y hitlerianas que la invadieron y también para los que se atrevan a hacerlo si el país es parte de la OTAN y es el único país de tierras planas y clima cálido con el cual se nutre de trigo al otrora gigante comunista.

Un país multiétnico en el cual hay tres millones de rusos en la región de Donbas, y que es un pretexto que Putin podría utilizar y está utilizando como a los rusos de Abjasia y de Osetia del Sur para declararle la guerra a Georgia en 2008, cuando al igual que Ucrania, manifestó su decisión de pedir su ingreso en la OTAN.

Hoy viernes, 4 de marzo, ya la invasión de Ucrania por Rusia lleva ocho días, y por los resultados solo se siente un choque que si Putin pensaba podía ser una “guerra relámpago” se cuenta como una guerra de posiciones donde los rusos no terminan de imponerse, ni los ucranianos de expulsarlos.

La salida entonces que surge en el horizonte es una negociación donde los rusos tratarán de imponer la salida del actual presidente Zelenski y los ucranianos de dar garantías de no exigir su ingreso en la OTAN.

Pero más allá de estos resultados, la esfera de los acontecimientos internacionales toma un nuevo giro con una potencia nuclear planteando sus exigencias al mundo democrático y liberal y el mundo democrático y liberal discutiendo si se los da o mantiene el forcejeo con el heredero de los Zares.

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