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Manuel Malaver: Dostoyevski y la pérdida de la salud mental de Rusia

Por Manuel Malaver | Opinión

Fue Fedor Dostoyevski el novelista que en su gigantesca obra (y sobre todo en sus tres novelas fundamentales: “Crimen y Castigo”, “Los Hermanos Karamazov” y “Demonios”) quien advirtió que la influencia en Rusia de la filosofía de la Ilustración -y su producto más acabado, “la Revolución Francesa”- despeñarían al país de los Zares por un conjunto de traumas cuyo resultado final sería la introducción de un sistema totalitario, comunista y ateo.

Una profecía que, no obstante los 166 años que nos separan de su aparición en la novela donde la formuló por primera vez (“Crimen y Castigo”) es obligado mencionar cada vez que Rusia, Europa y América aparecen empeñados en hacerla realidad.

Hoy, cuando los ejércitos de Wladimir Putin cumplen mes y medio de ocupación violenta de la República de Ucrania, no hemos encontrado todavía artículos y ensayos sobre la premonición de Dostoyevski, pero el filósofo francés, André Glucksmann, le dirigió un largo ensayo a los meses de sucederse el atentado contra las “Torres Gemelas” de Nueva York el 11 de septiembre del 2001 (“Dostoyevski en Manhattan”. Grupo Santillana de Ediciones. Madrid. 2002), Albert Camus hurgó en su novela “Demonios” (1871) en el tuétano de sus protagonistas ( Verjovenski, Stravogin , Chigalev, Kirilov y otros) en “El Hombre Rebelde” (Aguilar. México. 1959) y Andre Gide al comentar su visita a la Rusia Soviética a comienzos de los 20 dijo que le “parecía estar leyendo una novela de Dostoyevsky”.

Como no dudo que hubiera vuelto a comentar si resucitado se tropezara de repente con camarógrafos, entrevistadores y gente de a pie en las calles de Kiev, Jarkow o Mariupol, los cuales, sin saber de quien se trataba, le hubieran enseñado sus heridas para recordarle que la profecía de Dostoyevski seguía cumpliéndose.

A ver, traigamos a escena a Putin y a Raskolnikov, tan parecidos y compactos en eso de pensar y actuar como “superhombres”, porque decidieron que son superiores, el primero porque comanda el tercer ejército del planeta y el segundo porque “intelectualmente” decidió que es un sujeto por encima del resto de los humanos y puede darse el lujo de matar a hachazos a una anciana usurera porque la considera “un piojo”.

La ejecución de un crimen o de miles, millones de crímenes por una razón de supremacía, como fue Dostoyevsky el primer en reconocer y describir, 30 años antes que Nietzsche y prepararnos para lo que veríamos en su más destacada proyección cuando Hitler publicó “Mein Kampf” y luego su pavoroso intento de hacerla realidad durante la II Guerra Mundial.

Pero esperen, que apenas estamos entrando en el glosario de asesinos que anticipó Dostoyevsky en “Crimen y Castigo” y “Demonios”, y entre los cuales, se había referido a otros en “Los Hermanos Karamazov” (1879), trama de las más violentas y corrosivas que jamás he leído y donde tres vástagos de un padre borracho, vil, inescrupuloso y sin límites en la comisión de delitos, es ultimado por uno de los tres Karamazov, Iván, quien resulta ser un intelectual escéptico, cínico y ateo cuya consigna de vida es la frase: “Si Dios no existe, todo está permitido”.

Pero estamos hablando de desquiciados mentales individuales y no colectivos, como son los que aparecen en “Demonios”, una reseña casi periodística de los miembros de una secta o partido político que se trasladan a un pueblo de provincia a ejecutar toda suerte de fechorías, para empezar y avanzar en la creación de una organización para el terror y donde no haya escrúpulos ni prejuicios para llevar a cabo los delitos más sofisticados, ni vulgares.

Se ha dicho, no sin razón, que en “Demonios” Dostoyevski hace de presentador en la historia del partido Bolchevique y que en sus páginas ya se pueden reconocer a Lenin, Stalin, Beria, Yagoda, Yezhov, Voroshílov y tantos militantes y criminales de uno de las estructuras del horror mejor dotadas de la historia.

Aunque sin un ejército con tecnología de punta como el que sigue hoy a Putin en la destrucción de Ucrania, ni una organización global donde los recursos que le proporcionan al invasor la venta de gas y petróleo a Alemania y otros seis países de la Unión Europea, son las “razones” para que quienes cuentan con las armas y los hombres para detener las masacres, hayan tomado la vía más larga para lograrlo, como son las sanciones a la economía de Putin y el envío de armas a una resistencia ucraniania que cada día se percibe más agotada y exhausta.

Entre tanto, una pavorosa recesión económica bulle entre los males que traen en sus bagajes los invasores de la profecía de Dostoyevski, y ya no es solo la UE y EEUU quienes crujen por un futuro de hiperinflación, desabastecimiento y desempleo, sino que África, América Latina y parte de Asia, que no están involucradas en el conflicto, temen por unos años frente a una suerte de “Tercera Guerra Mundial” de nuevo cuño y que no precisa que estén en el blanco de un enemigo que se vanagloria de tener bombas nucleares, sino solo hacer parte de la clientela de los países beligerantes para sentir que se les mueve el piso de su indiferencia y neutralidad.

Una crisis global lanzada por un país del cual difícilmente se puede decir que hace parte de la civilización occidental (ni de ninguna otra), porque, cuando Europa y EEUU hicieron el gigantesco esfuerzo de llevar adelante la revolución industrial durante los siglos XVIII y XIX , Rusia se mantuvo con una aristocracia y una religión que vivían de una servidumbre entre esclava y campesina y al momento de romper con siglos de atraso cuando se derrumbó el Zarismo durante su catastrófica derrota en la Primera Guerra Mundial, no optó por el capitalismo y la democracia, como propuso el presidente Woodrow Wilson de los Estados Unidos, sino por una revolución exportada de Europa y fundada por los alemanes, Marx y Engels, filósofos del comunismo ateo y contrario a la modernidad que la mantuvo por 70 años con un sistema económico y político cercano a la esclavitud del Mundo Antiguo.

Atraso, represión, miseria y anacronía de la cual pareció desprenderse Rusia y una suerte de mini imperio que dirigía, la URSS, por decisión del pueblo y sus satélites que destruyeron el comunismo y optaron por la democracia y el capitalismo, pero otra vez una búsqueda de la civilización fallida, porque los comunistas desmantelaron la trama socialista pero no abandonaron el estado, y desde la nueva estructura de poder, montaron grupos económicos corruptos, mafias criminales, pandillas de estafadores que son los que este momento sostienen la satrapía de Vladimir Putin.

Quien ha regresado al parecer a reclamar su imperio, al que el pueblo destruyó en 1990 y pretendió desaparecer para siempre, pero el dictadorzuelo quiere reinstaurar, usando como arma estratégica las materias primas que Europa más necesita como son el gas y el petróleo y una amenaza de guerra nuclear, con bombas que no salieron de laboratorios rusos sino de tecnologías y el uranio enriquecido contrabandeados del mundo occidental.

En definitiva que, una ironía tan desmesurada que esa si creo no hubiera salido de una imaginación desbordada y sin límites como la de Dostoyevski.

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