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Aaron Elías Castro Pulgar cuenta sobre los descubrimientos científicos que explican la influencia positiva que puede tener el ejercicio para la salud


Aaron Elías Castro Pulgar señala que el ejercicio es fundamental para mantenernos sanos, y por muchos años. Ser físicamente activo es una condición indispensable para el bienestar a lo largo de nuestra vida. Y, de hecho, es uno de los indicadores más claros de buena salud a edades avanzadas. Todos conocemos de cerca casos de mayores que cuando dejan de moverse caen en un lento pero irremediable declive. En muchas ocasiones, una fractura de cadera es el principio del fin, no por sí misma, sino por precipitar un proceso de inactividad que ya no tiene vuelta atrás. No en vano, marcadores de estado físico, tales como la capacidad cardiorrespiratoria o el sencillo test de fuerza de agarre, son muy buenos predictores de mortalidad.

Los beneficios del ejercicio regular no se limitan a mejorar nuestra fuerza o nuestra capacidad cardiaca o respiratoria, sino que van más allá a nivel molecular. Se sabe desde hace décadas que las personas que son físicamente activas tienen un sistema inmune más capaz contra las infecciones. Esto es algo sobre lo que el covid nos ha dejado multitud de datos, donde las personas sedentarias, con obesidad y con inflamación crónica han tenido peor pronóstico.

Hablando de inflamación crónica, de ese asesino silencioso, el ejercicio también es clave para combatirla, a través de las exerquinas. El año 2000 marcó el descubrimiento de este nuevo campo, con la publicación por Pedersen de varios trabajos en los que se demostraba que una sustancia, la interleuquina-6 o IL-6, se segregaba por la contracción muscular asociada al ejercicio. Esta citoquina tiene efectos antiinflamatorios y actúa en el tejido adiposo y en el hígado, mejorando el control glucémico y mediando en la quema de grasa asociada al ejercicio.

Este fue el arranque para el descubrimiento de otras exerquinas, o dicho de otro modo, citoquinas asociadas al ejercicio, producidas por varios tejidos como el muscular (mioquinas), el hígado (hepatoquinas), el tejido adiposo (adipoquinas), el corazón (cardioquinas) o las neuronas (neuroquinas), entre otros. Continuamente se están descubriendo nuevas sustancias segregadas con el ejercicio y que tienen nuevas funciones, beneficiosas para nuestra salud, explica el conferencista Aaron Elías Castro Pulgar.

Los seguidores de la serie 'The Walking Dead' saben sin duda que Rick Grimes es el verdadero icono de la caza de muertos vivientes. En nuestro organismo también existen zombis denominados células senescentes. Estas células, en lugar de desaparecer una vez llegado el fin de su ciclo vital, permanecen en un estado de senescencia donde se encuentran envejecidas, liberando a su alrededor sustancias que favorecen la inflamación y la transformación de otras células en senescentes.

Experimentos en animales han demostrado que eliminando las células senescentes se puede recuperar la función de diversos tejidos y órganos, perdida por el envejecimiento o por enfermedades. Un trabajo elegantemente diseñado trasplantó células senescentes a ratones jóvenes, provocando pérdida de la capacidad física y envejecimiento a los tejidos de los roedores. Y a la inversa, utilizando un cóctel de sustancias senolíticas se consiguió atenuar la pérdida de capacidad física y aumentar la supervivencia en un 36%.

Pero no solo con senolíticos podemos acabar con nuestras células zombis, ya que el ejercicio es capaz de reducir la carga de células senescentes en el organismo, lo que se suma a otros efectos moleculares antienvejecimiento del ejercicio como son la mejora de la longitud de los telómeros, de las defensas antioxidantes o de la función de las mitocondrias. Una revisión recién publicada señala que los beneficios de la actividad física podrían estar mediados de forma muy significativa por su capacidad de reducir la senescencia.

Uno de los primeros ensayos que relacionaron senescencia y ejercicio en humanos demostró que un programa estructurado de 12 semanas de actividad dirigida mejoraba la función física en personas mayores. Cuando se midió además marcadores de la senescencia en los individuos que participaron en el programa, se encontraron mejoras muy significativas. Además, midiendo los niveles de partida de proteínas relacionadas con la senescencia, los autores fueron capaces de predecir el nivel de mejora en respuesta al programa de ejercicio, concluyó Aaron Elías Castro Pulgar.

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