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Manuel Malaver: América Latina en la Era de la Postdemocracia

Por Manuel Malaver | Opinión

Existen múltiples mecanismos para acabar con una democracia (golpes de Estado, insurrecciones populares, guerra de guerrillas) pero sigo pensando que el menos ruidoso y más eficaz se instrumenta cuando corporaciones económicas capitalistas y “democráticas” superan en su extensión y riqueza al Estado y proceden a darle órdenes y usan la Constitución y las Leyes para convertirse en los auténticos dueños del poder.

Es el momento cuando la democracia se vuelve polvo, una cáscara sin otro contenido que la ambición de las mafias que mueven partidos, instituciones y al pueblo como marionetas de un gran teatro, donde, solo priva una política y una causa: la de enriquecer más y más a los poderosos que ya no hay forma de desplazar, suplantar ni aniquilar.

Aclaremos que este eclipse de la democracia y su conversión en postdemocracia que “sobreviene” casi sin que los partidos y los electores lo perciban, ha resultado más crítico con el surgimiento de los grandes medios de comunicación -sean impresos, audiovisuales o digitales- los cuales, al hacer parte de la estructura del capitalismo privado, pueden perfectamente ser interferidos según se abulten o bajen las facturas para su funcionamiento y ganancias.

Y así, una de las grandes herramientas que fue fundamental para el nacimiento y consolidación de la democracia, el derecho a la libertad de expresión, terminó siendo coartado por las grandes corporaciones, y al día de hoy, ya resulta difícil en los países democráticos decidir si los medios están informando u ocultando la verdad.

Es una pandemia para la cual hasta ahora no existe vacuna y si la hubiera sería para llenar las botijas de los fondos financieros como “Black Rock” y “Vanguard”, de los cuales se dice controlan el 85 por ciento de los medios de comunicación que circulan o bipean en el mundo.

Pero nos referimos a solo uno de los virus que vienen parejos con la Postdemocracia, porque, mucho antes de imponerse y hacer estragos con los gobiernos democráticos, comienzan corrompiendo a todos y cada uno de los miembros de las instituciones democráticas (congresos, magistrados, fiscales, jueces, procuradores, militares), sobre los cuales hace llover cuentas en metálico de cualesquiera denominación), como un preámbulo para usarlos en decisiones, acusaciones y procesos que terminan sacando de juego a políticos y funcionarios que no cuentan con su confianza.

De ahí que se puede inferir que, cuando en un país democrático las denuncias sobre la corrupción pasan a ser el tema del día, ya nos encontramos en el mundo en que democracia es igual a corrupción y entonces desde algunas tribunas, algunos medios, algunos cuarteles, algunos partidos, la consigna es que se debe cambiar al gobierno, o al sistema, para que llegue el reino de los puros, de los inocentes, de los impolutos.

Si hacemos un poco de memoria, nos recordaremos que el primer golpe de estado de Chávez el 4 de febrero de 1992, estuvo precedido por este tipo de aquelarre, donde coincidieron políticos, comunicadores, empresarios y hasta prelados de la Iglesia de izquierda y de derecha, que se creyeron de repente a las orillas del Jordán y clamando porque las autoridades democráticas del momento fueran destituidas y sustituidas por un Mesías.

El Mesías vino pero ocho años después, y no con un golpe de Estado, ni una insurrección popular, ni una guerra de guerrillas, sino en unas elecciones democráticas libres y pulquérrimas, donde una mayoría de electores votó por un instaurar el “reino de Dios en la tierra”.

Se ha hablado mucho y escrito poco sobre estos sucesos, sobre todo de la deriva que fue tomando la “democracia” chavista según las condiciones se lo permitieron, e ir poco a poco mutilando instituciones, asfixiando partidos, controlando y liquidando opositores, abriendo y cerrando cárceles, hasta dejar a Venezuela 22 años después convertida en un enclave de países extranjeros que a través de créditos, empréstitos o dádivas le garantizan su precaria existencia.

De todas maneras, en el año 2000 y coincidiendo con los sucesos de Venezuela, el politólogo de la Universidad Warwick, Colin Crouch, publicó un ensayo que haría época, “Enfrentando la Postdemocracia”, llamando la atención de cómo en la Italia de Berlusconi y otros países de la Eurozona en la década de los 90 se había practicado cualquier cosa, menos la democracia.

Otra voz que se haría oír casi uno, o dos años después de Crouch, fue la del también politólogo alemán, Ralf Dahrendorf, quien, en una entrevista con el periodista italiano, Antonio Polito nos deja una larga reflexión sobre la época que no duda en llamar: “Después de la democracia” (Editorial Crítica. Barcelona. España. 2002)

“Vivimos en una época” dice Dahrendorf “donde no se es importante para ser famoso, sino ser famoso para ser importante”.

De modo que, preocupaciones, inquietudes, dramatizaciones y prediagnósticos sobre el futuro de la democracia ya estaban circulando en el mundo y desde luego, que el escenario donde podían verse sus peores síntomas era en América Latina, grupo de países donde más había costado imponerlas y una vez impuestas, más barato desmoronarlas.

Porque después de Chávez el modelo Postdemocrático -que ahora pasó a llamarse “Socialismo del Siglo XXI”-, se impuso en Brasil con Lula Da Silva, en Argentina con los esposos Kirchner, en Bolivia con Evo Morales, en Ecuador con Rafael Correa y en Nicaragua con Daniel Ortega.

En otras palabras, que todo un modelo no post sino contrademocrático, que, veteado unas veces de socialismo, otras de capitalismo y otras de populismo ha tenido resultado diversos, pero cómo ha renunciado a no presentarse como un socialismo estalinista y castrista sino allendista y europeísta, dándose quiebras como las de Lula en Brasil, pero también regresos como el de Evo Morales en Bolivia.

De todas maneras, en Venezuela Maduro cumple 22 años como guardián de la herencia chavista en medio de una destrucción apocalíptica del país, Ortega permanece con ínfulas de que no saldrá del poder sino en carroza fúnebre y en Cuba un Raúl Castro que se acerca a los 100 años rinde sus últimos suspiros a que su sucesor, Miguel Díaz Canel, no haga el menor gesto de acercarse a los yanquis.

De modo que, a semanas de convertirse efectivamente en el presidente electo de Colombia, el exguerrillero y socialista, Gustavo Petro, tiene en frente muchos modelos Postdemocráticos que escoger, consciente de que Colombia tiene la democracia más antigua del subcontinente, un pueblo que casi es un Ejército armado por los 50 años que gastó combatiendo la guerrilla, un Ejército que es el más entrenado y democrático de la región y un líder histórico, Álvaro Uribe, que derrotó a las FARC y no le faltarán guáramos (es una expresión venezolana) para llamar de nuevo a las armas para defender la democracia.

No quiero intimidar a Petro, y creo que tiene razón en el esfuerzo de reducir la pobreza en Colombia que es mucha, igual hay mucha corrupción, sobre todo en el sistema judicial y deben dirigirse recursos para que la educación y la salud lleguen a todos.

La tierra también debe conocer otro régimen de tenencia pues la concentración llega a niveles del siglo XIX y el narcotráfico debe volverse a enfrentar porque ya acabó con la democracia venezolana y va acabar con la ecuatoriana.

Y muy importante, aléjese de Juan Manuel Santos y del Globalismo, cuya agenda es cambiar la naturaleza humana de la sociedad para convertirla en una caricatura de monstruos goyescos y bainskianos.

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