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Manuel Malaver: Almagro, Maduro y la cohabitación entre víctimas y verdugos

Por Manuel Malaver | Opinión

No abrigo ninguna duda, Luis Almagro, el Secretario General de la OEA, se ha rendido ante la dictadura de Maduro después de estar ocho años liderando como un mariscal de campo el esfuerzo democrático internacional para poner fin a uno de los peores regímenes de fuerza que han martirizado al continente.

Tanto, que no fueron pocos los venezolanos que se preguntaron si destituido Maduro del poder no procedía ofrecerle al “uruguayo” una suerte de “presidencia simbólica” aunque fuera por unas horas.

Pero fuera en serio o en broma, lo cierto es que no hubo otro líder presidiendo las multilaterales de la región en tiempos tan fatídicos que se planteara con tanta convicción y coraje el acorralamiento de la satrapía de Maduro como lo hizo Almagro, ya en las Asambleas Generales, en los Consejos de Seguridad o promoviendo instrumentos como la “Carta Democrática” o el “Tratado de Río” para poner fin al horror.

Pero si no, dándole apoyo a organismos como el “Grupo de Lima”, o “El Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, TIAR”, o eventos que, dentro o fuera del continente, tuvieron como finalidad fortalecer más y más el entusiasmo de los venezolanos por la victoria contra la dictadura o asfixiar a los tiranos al extremo de obligarlos a renunciar o pactar.

Conocemos también que Almagro no fue ajeno a iniciativas nacionales armadas o pacíficas que se propusieron derrotar a la dictadura, pero con estricto apego a la Constitución y las Leyes y garantizándoles el respeto a los Derechos Humanos y lo recordamos para subrayar uno de los rasgos más admirables de su carácter: luchar por la libertad y la democracia sí, pero sin castigar más allá de lo que establece el Estado de Derecho a quienes se placen en violentarlo y borrarlo del mapa.

¿Cómo se explica, entonces, que hace solo hace tres semanas Almagro diera marcha atrás en la que sin duda fue una de las páginas más limpias, dignas y heroicas de su carrera política y personal, y en una carta dirigida a los demócratas venezolanos los incite a aceptar la rendición, a dar por perdida la batalla por la libertad y se resignen a convivir con sus verdugos, aunque ello signifique “endulzarlos”, “dulcificarlos” hasta convencerlos que a unos y a otros no los queda otro camino que convivir y cohabitar?

Pregunta dolorosa y de respuesta más dolorosa aún, porque, aunque se origina en realidades políticas, no hay duda que conlleva una responsabilidad moral, porque no se limita al enfrentamiento entre partidos y facciones políticas adheridas a las normas y usos de la sociedad civil, sino a uno donde un Estado y sus fuerzas represivas, cuerpos de inteligencia, aparatos policiales, colectivos y Ejército reprimieron, golpearon, asesinaron, masacraron y aún tienen en sus mazmorras cientos de ciudadanos presos y cuyo único delito fue ejercer un derecho que les garantiza la Constitución.

De modo que ¿cohabitar -y aún más, “endulzar” para convencerlos a cohabitar- a tamaños violadores de los Derechos Humanos, a quienes en ninguna circunstancia han dado muestras de aceptar alguna rectificación mientras la “Corte Penal Internacional” de La Haya decide sobre las cientos de acusaciones por “Crímenes de Lesa Humanidad” que instruyen y sobre los cuales decidirán en cualquier momento?

¿Es posible que Almagro -y en especial la CIDH- hayan olvidado o estén olvidando que fueron partes activas, activísimas, en la instrucción de este proceso y que les corresponde hacer todo lo que esté a su alcance para que no se duerma y pierda en el “burocrateo” que por desgracia también alcanza a la justicia internacional?

Hum, extraño, muy extraño. Y lo que se me ocurre es que el todopoderoso lobby que, encabezado por un ala radical del Partido Demócrata, trabaja desde que comenzó la administración Biden para que Maduro pueda terminar su mandato y los que le faltan, llegó hasta Almagro y ya lo tienen trajinando para que cualquiera sea la decisión que decida la CPI recaiga sobre un presidente que está en paz con sus gobernados.

Y no tendría que sorprender en un político de una época muy diferente a aquella del 2015 cuando Almagro alcanzó su primera nominación como “Secretario General” de la OEA y la Asamblea Nacional venezolana fue copada en las elecciones de diciembre de aquel año por una mayoría calificada de diputados de la oposición democrática que se planteó, razonablemente, encabezar al pueblo para desmantelar a un Poder Ejecutivo que estaba violando abiertamente la Constitución.

Fue un enfrentamiento por tomar el “poder real” entre gobierno y oposición que duró tres años y que, además, coincidió con el alza de una ola de gobiernos democráticos en la región que parecieron arrinconar al ALBA y al “Socialismo del Siglo XXI”.

El regreso de la democracia en aquellos años se daba por descontado y la caída de la dictadura de Maduro entre otros factores, por una arremetida sin tregua de la OEA y su Secretario General, Luis Almagro, se daba por resuelta.

Apuesta en la que Almagro fue con todo, hizo una alianza sólida con el entonces presidente de EEUU, Donald Trump, que a vez soñó con una posible invasión a Venezuela para “norieguizar” a Maduro y con la mayoría de los gobiernos de la región y la UE.

Hoy, ocho años después, hay otros signos: ya Trump no está en el poder, Maduro ha cerrado más su puño sobre Venezuela y un nuevo bloque de poder mundial ha irrumpido y ya controla los Estados Unidos, la mayoría de los países de la UE, barrió con la democracia liberal en Chile, acaba de ganar las elecciones presidenciales en Colombia y podría regresar a Lula da Silva el 2 de octubre próximo a la primera magistratura de Brasil.

De modo que Almagro, sin dejar de ser demócrata ni amigo del pueblo venezolano, puede muy bien hacerse la pregunta que se hace todo el mundo: ¿Si los criminales, asesinos, secuestradores y narcotraficantes colombianos cohabitan hoy con los demócratas y después de un amañado “Acuerdo de Paz” presiden el Congreso y la Casa de Nariño ¿por qué no pueden hacerlo Maduro y los demócratas venezolanos?

Habría que recordarle a Almagro que antes que Petro ocupara la presidencia pasaron 50 años de guerra que perdió la subversión y un “Acuerdo de Paz” (que el pueblo colombiano rechazó con un “NO”) que estableció la cohabitación.

Y no fue al revés: cohabitar primero y negociar después, porque entregar el país al enemigo sin tener una fuerza armada o pacifica que te respalde, es perder sin haber peleado.

Almagro sabe de estas cosas porque fue “Tupamaro” y tiene que estar escribiendo mensajes a la oposición democrática venezolana con conocimiento de causa.

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